Entrevista
Los sueños, hasta los más disparatados, están hechos de memoria
Lean los libros de Anelio Rodríguez Concepción, sus historias, sus cuentos, acérquense al sortilegio y el embrujo de sus palabras, a la alquimia de las emociones que uno persigue renglón tras renglón en sus textos. En esta entrevista lo conocerán un poco mejor, pero esto es solo un adelanto, un anticipo que anuncia lo que pueden encontrar en sus historias.
Siempre me quedo en silencio cuando habla. Conozco pocas personas que tengan la capacidad de contar cuentos que tiene Anelio. También te quedas en silencio, reflexionas y aprendes cuando habla de la vida, de La Palma, de sus alumnos o del azar de la existencia. Anelio es un hombre bueno, un defensor de la educación y de la fraternidad, un humanista, un cómplice que siempre te tiende la mano o te regala la palabra precisa que estabas necesitando.
—Huele a puro y a maderas viejas, a humo de hogueras lejanas. Hay un niño que corre por calles empedradas. Háblame de ese Anelio que uno puede llegar a ver siempre en los ojos de un hombre con barba poblada y las arrugas sabias del paso del tiempo. ¿Quién te enseñó a contar historias, a «hacer un cuento»?
—No fue una sola persona, sino una comunidad de la que sobresalían tres ramales: uno sería el núcleo familiar, cómo no; el otro, el mundo laboral de una tabaquería que había debajo de la casa de mi abuelo Pancho —la fábrica «Gloria palmera», en la que trabajaban varios artesanos de miradas socarronas, hombres y mujeres centrados en su quehacer y al mismo tiempo con la antena puesta—; en tercer lugar tendríamos la vecindad en su conjunto, desde la carretera de Timibúcar al barrio de San Telmo, en la zona sur de Santa Cruz de La Palma. Me crie entre buenos conversadores siempre dispuestos a convertir el resumen de un hecho verídico, cotidiano o no, en relato oral dotado de expresividad suficiente para atrapar a cualquier interlocutor durante unos cuantos minutos, los justos y necesarios. Por la fábrica pasaba mucha gente que traía noticias frescas de la calle y quería compartir impresiones sobre algún asunto de interés. El sosiego de los talleres favorece el hábito de la tertulia, pero también crea un clima de sano escepticismo en el que nada se da por sentado. En una tabaquería como aquella, ni muy pequeña ni muy grande, nadie podía sentar cátedra, ni sacar pecho por una convicción, ni dar gato por liebre, ni mucho menos tener la última palabra. Se hablaba a media voz y los silencios adquirían un peso enorme. Hoy sé que allí se asentaba un espíritu cervantino. Podías dudar de todo y reírte de todo, pero poniendo el respetito por delante, intentando comprender las circunstancias de cada cual. Para lograr eso tienes que saber a ciencia cierta que no eres el centro del mundo.
Por otro lado, si nos atenemos a la actividad literaria en la que posteriormente me fui introduciendo con el atrevimiento de un ingenuo, por no decir con la ingenuidad de un atrevido, habría que precisar hasta qué punto soy deudor de los grandes maestros que he seguido con la mayor atención. Al vivir en una pequeña isla perdida en el quinto pino, no me ha quedado más remedio que dar un salto mental para ir al encuentro de muchos escritores lejanos. ¿Cómo? Leyéndolos a conciencia. No te queda otra. Es como si dialogaras con ellos, sin barreras y sin distancias. En cada caso se produce una suerte de sincronismo, un contacto evidente. De otra forma no habría aprendido nada sobre este complicado oficio de narrador.
—¿Qué energía desprende la isla de La Palma?
—La energía del paisaje y la del paisanaje. En La Palma hay una naturaleza exuberante, variada, agreste o amable según el lugar, el momento del día o la estación del año en que nos movamos. También está el poder de arrastre de una Historia que debe mucho al humanismo renacentista y al posterior sueño de progreso de la Ilustración. Una Historia cargada de acontecimientos apasionantes, a veces novelescos, que dejan testimonio de una asombrosa capacidad de adaptación a lo que vaya viniendo. Por ejemplo, Santa Cruz de La Palma ha pasado por todos los trances imaginables en una ciudad portuaria. Se fundó en 1493 y ya en el siglo XVI contaba con una población variopinta, de orígenes diversos, en la que destacaba el elevado porcentaje de esclavos, el segundo o el tercero más alto del Imperio. Además de la pujanza de la actividad del comercio y el transporte marítimo, en aquel período fundacional llamaba la atención el trato de igualdad entre hombres y mujeres (lo anota con mosqueo el ingeniero Leonardo Torriani en una de sus crónicas).
En el XVII esa misma ciudad vivió una ebullición creativa de poetas y artistas encaramados al punto álgido del barroco; en el XVIII mostró su permeabilidad a las ideas progresistas venidas de fuera de España; en el XIX acogió abundantes periódicos locales y asociaciones de librepensadores movidos primero por el espíritu masónico y luego por las convicciones del obrerismo; y a las puertas del XX, como consecuencia de lo anterior, se benefició del primer tendido eléctrico de Canarias, el primer teléfono, el primer cinematógrafo. Ya después experimentaría un declive tras el sometimiento a la larga dictadura franquista, que no dejó títere con cabeza. En fin, en esta isla no han faltado ni los ataques piratas ni las epopeyas de la emigración, ni el pataleo de los volcanes. Por cierto, la energía de los volcanes también cuenta. No sé qué fuerza telúrica se remueve debajo de nuestros pies, pero en verdad está ahí, y no parece descabellado creer que se asoma en la obra de tantos y tantos artistas, poetas y loquinarios aventureros. La extensión de la lista de personajes emprendedores te deja perplejo. Muchos se marchan con ambiciones heredadas para abrir brechas por esos mundos, y otros se apegan al terruño sin perder un ápice de su valía, como el gran Luis Cobiella —pensador, poeta, músico, químico, el primer Diputado del Común de Canarias…—, un tipo extraordinario. Lo mismo habría que decir del Sr. Díaz, el cura liberal, una mente portentosa, un prócer capaz de enfrentarse públicamente al absolutismo monárquico y de traer a la isla la pedagogía lancasteriana como un faro de modernidad insólita en pleno siglo XIX.
—¿Cómo escribes, a qué hora, en qué lugar?
—Durante media jornada me gano el pan como profesor en un instituto de Enseñanza Secundaria, y durante la otra media me siento a escribir, sí o sí. Este año, debido al plan de choque anti-Covid, he dado clase por la tarde y he escrito por la mañana, pero a lo largo de treinta y pico años ha sido al revés. Aun así, ahora que lo pienso, por encima de todo eso está la pasión de la lectura. Me considero un lector tenaz, tanto en el desempeño de la labor docente como en el de la otra. Leer a los demás me baja los humos y me pone los pies en el suelo. Acaso ese sea el motivo de que escriba con excesivo tiento, tan despacio, dándole mil vueltas a cada palabra, cada frase, cada párrafo (digamos que escribo en un quito-pongo-quito, un vuelta y vuelta a fuego lento, un pespunte de bordado inacabable). Para que algo así se sostenga sin altibajos, tiene que haber rutina y perseverancia a prueba de bomba, siempre en el mismo sitio, un estudio con luz abundante.
En el centro de ese estudio hay una mesa grandota. Sobre la mesa hay un ordenador personal, una vieja lámpara de oficinista, un vaso de agua, tongas de libros y libretas, folios en blanco, folios manuscritos, folios impresos, un lápiz, un boli, una pluma estilográfica, una agenda, una foto pequeña de Esther, una caja de cedro para puros, hoy reconvertida en cofre para adminículos de informática. Alrededor vemos libreros repletos y, justo sobre uno de ellos, un busto de yeso de don Benito Pérez Galdós que modeló mi padre en la Escuela de Artes y Oficios allá por el año 46. Le he puesto a don Benito un sombrero pajizo que le va pintiparado. Lo miro a cada rato como se mira una montaña, para recordar que no hay nada nuevo bajo el sol. Tener a don Benito ahí, vuelto hacia mí como un ángel de la guarda, me obliga a ser humilde, ¡a pesar de la soberbia que entraña el acto de escribir!
—¿Qué es la memoria?
—Un combustible. Una palanca. Un diván sobre el que podemos recostarnos para reflexionar sobre lo que somos, e incluso para dormir y soñar. Los sueños, hasta los más disparatados, están hechos de memoria. A mí me interesa la memoria personal, por supuesto, y de hecho la estrujo como recurso inspirador, pero también me atrae la memoria colectiva, que es algo así como una mina con sus galerías y sus vetas. Lo curioso es que mientras la literatura se alimenta de la memoria de las personas, la memoria de las personas se alimenta de la literatura. Nuestros recuerdos se confunden con los recuerdos de los demás, y también con episodios que hemos leído en alguna parte, que en cierto modo vienen a su vez de recuerdos ajenos. Siempre les digo a mis alumnos que he vivido en Alaska a finales del XIX o a principios del XX, e incluso que he sido un perro lobo, porque de adolescente leí varios libros de Jack London. Eso también forma parte de mi memoria particular, no menos que una suma de experiencias reales. Se supone que lo guardamos en el mismo recoveco. Y otro tanto sucede con las películas que hemos visto, las obras teatrales y las exposiciones de arte a las que hemos asistido… El reto consiste en atinar con la selección de parte de ese maremágnum y en darle un cauce coherente y una razón de ser a propósito de aquello que escribes. Los autores pueden tomárselo como una base visible o invisible de sus ficciones, o simplemente como un pretexto para el desahogo creativo.
Ah, y está además el olvido, es decir, el negativo del recuerdo. Sin la carga del olvido, el recuerdo se desvirtúa, como la luz sin las sombras. A menudo resulta más significativo lo que se olvida que lo que se recuerda. El estado de conciencia condiciona la percepción de la realidad, pero el mundo del inconsciente sigue haciendo de las suyas. Ahí es nada, la elocuencia del olvido.
—¿Qué tratas de transmitir a tus alumnos en el instituto?
—Ante todo, trato de transmitirles respeto y afecto, antesala de la comunicación. Pero, ojo, te hablo de un cariño real, sincero. Esto lo aprendí del humanista Juan Luis Vives. Asimismo intento hacerles comprender que el conocimiento los libera, y que, visto lo visto, y más ahora ante la gran crisis social que se avecina, deben sujetar las riendas de sus vidas con responsabilidad y sentido del compromiso. Les advierto de la dureza de la realidad, la que rebulle más allá del Instituto y de lo que exhiben las redes sociales. Hay que estudiar mucho. Hay que trabajar mucho. Hay que leer mucho. El que quiera lapas, que se moje el culo. Ahora bien, ¿este mensaje cala hondo entre todos los agentes del proceso educativo? Viene de perlas en el campo del deporte o en el de la música, por ejemplo, pero en el actual batiburrillo de la enseñanza…, no sé yo.
El sistema educativo lleva unos treinta años, que se dice fácil, dando bandazos según quién esté en el Gobierno. Eso constituye un fracaso colosal, y así nos va. Los chicos se sienten ultraprotegidos por el sistema, pero tanto blindaje no los salva de ningún peligro, ni los curte ante el gran desafío de la existencia. Por eso les pido que, antes de nada, busquen lo mejor de sí mismos y sean buena gente, que no se dejen corromper por las tentaciones materialistas del sistema, que sean honrados en sus decisiones, que se tomen en serio el ejercicio continuo de la empatía. Les pido que estudien, que atiendan en clase, que hagan las tareas, que sean respetuosos con los mayores, que se pongan al corriente de la actualidad leyendo los periódicos y que no se dejen embaucar por el radicalismo político, cuyos cantos de sirena suenan con mayor potencia en aguas revueltas. E incido en lo importante que es el uso del lenguaje. Lo importante que es un signo de puntuación, caramba. Los animo a leer con asiduidad textos complejos. Tienen que saber que el mundo no se crea ni se acaba con un simple tamborileo de pulgares sobre una pantallita de móvil o táblet.
—¿En qué libro estás trabajando ahora?
—Ando liado con una novela. Ya va mediada y no sé cuándo ni cómo acabará. Ni siquiera tiene título. Y no me preguntes más sobre el asunto. Además, en la gaveta tengo tres libros más o menos terminados, siempre revisables.
—¿Qué valor tiene la cultura?
—La cultura lo abarca todo. El conocimiento, la experiencia vital, el gusanillo de la inventiva humana, las emociones primarias y la sensibilidad que se cultiva a base de contacto, comunicación. La cultura nos enseña a entender el mundo y a construirlo de abajo hacia arriba. Nos ayuda a asumir todo lo que produce extrañeza. Es un antídoto contra el desconcierto.
—¿Qué tres libros, si solo pudieras salvar tres libros, serían los que siempre te llevarías contigo a todas partes?
—Llevaría no tres libros, sino tres maletas llenas de libros. Seguro que no te sorprende que salga por peteneras. Lo siento, pero no puedo ceñirme a unos pocos títulos. En esas maletas habría de todo, variado y jugoso, como la Odisea, el Quijote y una selección de cuentos de Chéjov. Pero, vamos a ver, dime, ¿cómo puedo dejarme por detrás el libro del Génesis, o a Shakespeare, o a los poetas del 27? ¿Con qué valor puedo prescindir de don Benito? ¿Y cómo vamos a hacerles un feo a los muchos escritores coetáneos que se cuentan entre mis amigos? Prefiero ir cargado y pagar el exceso de equipaje.
—¿Qué es para ti el amor?
—Un sustento primordial. Y no lo digo sólo por las endorfinas que genera. El amor te honra.
—¿Y la vida?
—Un misterio colmado de maravillas, absurdos, espejismos y malentendidos. Con los años me he ido dando cuenta de lo inútil que es cualquier intento de desentrañar ese misterio. Mejor gozar de sus bondades.