Fragmento
Historia ilustrada del mundo
[…] Estos mimbres no eran nuevos ni raros en La Palma. La costumbre de imponer nombres laicos y significativos, abonada con los rescoldos de la Ilustración y regada con el izquierdismo internacional a comienzos del siglo xx, caló hondo en la clase obrera de la isla, pionera en Canarias en la convocatoria de huelgas y en la organización de bibliotecas, confederaciones, cajas comunes, escuelas nocturnas y veladas literarias. Así, en el registro civil de su pequeña capital se inscribirían, con mayor ahínco antes de la guerra, nombres tan peculiares como Acracia, Adolia, Almanzor, Anatolia y Anatolio, Apolo, Arabia y Arabio, Araminta, Argólida, Ariel, Arley, Arminda, Arquímedes, Asidalia, Bélgica, Bohanerges, Catula, Clemensor (versión sui géneris de Clemenceau), Complaine, Cropoquín (por el ideólogo anarquista Kropotkin), Cristólita, Cruzkaya (por Krúpskaya, patronímico de la esposa de Lenin), Darwin, Democracia, Dorisol, Enervino, Engel (por Engels), Estalin (sic), Etna, Febles, Fidio, Florisel, Frean, Galaor, Gerineldo, Grenoble, Heráclito, Hermelandro, Idea, Inerto, Lenin, Life (con pronunciación castellana), Loira, Lúger, Marconi, Náyade, Neido, Nérida, Nínive, Nubia, Onelia, Orestes, Parménides, Paulova, Plinio, Rizal, Sócrates, Tesalia, Venius, Volga, Voltaire, Yármila y muchísimos otros de similar índole que ningún decreto ley pudo borrar del uso cotidiano. Abuelo Anelio justificaba los nombres de sus hijos con vibrantes argumentos asociados a la novelería propia de aquellos aires de libertad, cuando no a una suerte de resistencia encubierta e inútil frente al convencionalismo: el de Anelio-hijo procedía de Anelio-padre, y punto, y así debía continuar con cada primogénito de futuras generaciones; el de Armonía expresaba un cándido deseo de equilibrio y belleza; el de Édison reconvertía el apellido del gran inventor de Illinois en homenaje a la creatividad benefactora y al espíritu emprendedor en general; el de América aludía al Nuevo Mundo, emancipado y fraterno, como lo cantaran Rubén Darío, José Martí o Walt Whitman; el de Vida era el capricho de un padre que quería llamar a su hija con la misma fruición con que se dice «mi cielo»; el de Solidario se explicaba ingenuamente por sí mismo; el de Volney recordaba al ilustrado e intrépido filósofo que viajó por Oriente Próximo; los de Iris y Holanda se debían a la bella sonoridad silábica, más que a sus referentes semánticos; el de Oníbil, por último, evocaba en clave, como anagrama mal resuelto aposta, al héroe soviético Litvínov, demonio sulfuroso en la época en que el Caudillo del Ferrol blandía la sartén por el mango. Por cierto, Iris, Holanda y Oníbil fueron concebidos después de la traumática experiencia carcelaria. Sí, la vitalidad de abuelo Anelio era asombrosa. ¡Y tanto!: fuera del matrimonio tuvo un hijo más, llamado Floreal. Otro nombre retumbante. Otra historia para otra ocasión.
Final de "Abuelo Anelio", primer texto del libro Historia ilustrada del mundo (2017)