Fragmento
La abuela de Caperucita
[…] Además, qué caramba, Juan Manuel sabe que desde jovencita, especialmente durante los estudios de bachillerato allá por el cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, no sé ni quiero entrar en cálculos, siempre he presentido que una puntada de artista me zumba en el tuétano. De hecho, en aquellas inolvidables clases de corte y confección de la Sección Femenina obtuve varias menciones especiales por el bordado de unos geranios en su jarrón chino, e inclusive por entonces don Manolo Sabater, el profesor de dibujo, me elogió delante de todas las chicas por haber sido capaz de copiar sin su ayuda una cabeza de caballo, sombreada con creyones azules, que luego durante años quedó expuesta en el pasillo principal de Artes y Oficios. Por si fuera poco, y esto es lo que realmente vendría al caso, entre las redacciones más destacadas del instituto al final de cada curso solía leerse la mía en público. La última, ahora caigo, trataba de la magna batalla de Lepanto y, cómo no, entre pitos y flautas hacía mención del manco insigne en un párrafo repleto de subjuntivos, tan del gusto de don Javier Ruiz el de Lengua y Literatura, el pobre, lo llamábamos Naftalina, todo el día envuelto en un vapor de pastilla juanola, pañuelo va, pañuelo viene, por culpa de las alergias. Don Javier inculcaba sin demasiado éxito algunos hábitos de expresión tomados de la retórica clásica, como el comenzar cada frase exclamativa por el adverbio cuán, con su noble acento prosódico y ortográfico (lo decía enfatizando en la sílaba «só» y en la «grá»), cosa que por supuesto nadie en su sano juicio habría de tomarse en serio. A propósito, el lema secreto de nuestra clase, «¡Cuán prosódica juanola!», que por absurdo pasó a convertirse en el remache perfecto de los momentos de asombro y rechifla, hoy viene al pelo para definir el sesgo disparatado del relato de la abuela de Caperucita Roja.
Esta inclinación por el palabrerío se ha reforzado con infinitos ratos de lectura que como mínimo te abren los ojos ante el mundo. Para estar al día hay que leer. Valen todos los géneros y todos los estilos. Da lo mismo dónde y cómo: delante del desayuno en la cocina, o con las piernas levantadas después del trabajo, o en la intimidad del váter (sobre un paño de punto de arroz que cubre la tapa del bidé, tal cual en una mesa camilla, se amontonan y se renuevan las revistas). Por la noche en la cama, aunque se me caigan a cachitos los párpados, hago por pasar de una página a otra del ¡Hola! antes de apagar la luz. Quien dice el ¡Hola! dice El País Semanal, o lo último de Terenci Moix, o un premio Planeta cualquiera.
La fiebre viene de muy lejos: de chica seguía las trapisondas de Celia y me zampaba de un bocado alguna que otra novelita de tapas enteladas de la Editorial Molino, como Junto a la fuente, o Adiós, mi vida, e incluso llegué a hojear a escondidas un par de Episodios Nacionales, más que nada por meterme en líos, atrevida que era una cuando la edad del pavo, porque no se permitía leer a Galdós, claro, ni a don Miguel de Unamuno, ni a Lorca. Aquellos libracos forrados con papel de agua, medio ocultos en los anaqueles altos del librero de mi padre, se habían convertido en la manzana de la serpiente. Con Galdós en concreto me llevé un gran chasco: resulta que jamás había usado palabrotas, consignas rojas o lemas masones, ni siquiera por boca de sus personajes.
Ya talludita, después de caer unos largos años en el vicio nacional de escuchar la radio por el día y ver la tele por la noche, mientras aparecían las primeras canas recobré la vieja afición de la adolescencia picoteando fotonovelas, semanarios ilustrados y tebeos de mi hijo, al tiempo que iba descubriendo a Delibes, a Pushkin, Poe y muchos otros gracias a la extraordinaria Biblioteca Básica Salvat. Hoy, con el pelo totalmente de blanco, sé lo que me gusta y en cada Feria del Libro busco tres o cuatro novedades que cundan para unos cuantos meses. Ahora mismo, fijaos, estoy con el libro de la Reina, el de Jaime Peñafiel, ahí es nada.
Tras darle mil vueltas, acepto este malvado reto. Todavía me queda memoria y cuerda, que nadie lo dude, y me sigue sobrando mano para escribir de izquierda a derecha con esmerada caligrafía sin que por ello pierda eficacia en otras tareas propias e impropias de la edad. De cualquier manera, tranquiliza saber que por lo visto un señor contratado por estos editores parece dispuesto a revisar de pe a pa todo lo que me atreva a enviarles, o sea que por lo menos las comas y los acentos irán en su sitio, ¿no? Aun así se supone que el corrector no se pasará de la raya y sabrá respetar el orden de las palabras y sobre todo el espíritu de la letra, como dicen los políticos. Le voy a pedir a Juan Manuel que ate todos los cabos sin titubeos y que se dirija en persona a ese sujeto y le advierta de que estaremos más pendientes de lo que hace que de lo que deja de hacer. A estas alturas una no necesita más ajustes que los propuestos por el médico de cabecera.
En fin, quienquiera que haya solicitado mi historia parece claro que la desea contada de primera mano, y no precisamente por matar el gusanillo de la pura curiosidad. Nadie se extrañará de que el embrollo en el que ando metida atraiga a un gran número lectores. Al contrario, lo que sorprende es que ninguna colega haya pasado antes por este trance de describir sus vínculos con una profesión que tanto debe al morbo. No cabe duda de que el morbo llama al comadreo, y viceversa. Tampoco hace falta dedicarse a esto a lo que me dedico para convocar por escrito a un público cotilla. Hasta las aburridas intimidades de cualquier desgraciado acaban por interesar al más discreto de los mortales. Lo de la paja y la viga. El que más y el que menos desea ponerse al tanto de los tejemanejes del vecino, y de los chanchullos de aquel concejal, y qué hace este futbolista en sus noches locas, cómo se las apaña el banquero entre rejas, qué pinta la modelo de alta costura con un barbilindo medio bizco, etc. La vida íntima desovillada a los cuatro vientos. Ni más ni menos. Y por esos resbaladizos andurriales debo moverme como escritora (uy, escritora), despacito, pisando huevos y asida a la baranda.
Esta que ahora empieza no es la historia anodina de una mujer normal y corriente. A decir verdad, esta es la historia increíble de una mujer normal y corriente. Un ama de casa que, con casi setenta años, en un pispás ha alcanzado la gloria como actriz porno vieja (cuidado: no vieja actriz porno). No temáis: no os pienso endilgar cien capítulos macizos. Ni siquiera arrancaremos desde el principio de todas las biografías y autobiografías. Con la suya, Mari Carmen Martínez Bordiu, por poner un ejemplo, empezó desde la infancia porque tan sólo con subirse a las rodillas del abuelito, sin necesidad de mostrar monerías precoces, la niña, inocentona ella, iba a alcanzar enorme resonancia contando lances domésticos que de venir de cualquier otra habrían mosqueado al personal. Por mi parte, a falta entre otras cosas de un abuelo tan tierno, por razones obvias tendré que ceñirme al recuento de varias peripecias recientes. Recientes, personales y perturbadoras.
Lo dicho: ¡Cuán prosódica juanola!
Final del fragmento "Vivir para ver", arranque del libro La abuela de Caperucita (2ª ed.: 2025)