Fragmento

Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Toti

Historia de Mr. Sabas

Tío Geno había apadrinado a los cinco hijos varones del Maestro López, y creo que así queda dicho todo sobre la pujanza de nuestras relaciones, tan indisolubles como las de consanguinidad. Ahora ambos compadres, muertos hacía muchos años, aguardaban la llegada de Damián a un paraíso colmado de músicas y francachelas. Eso apuntó tío Quico, transido por la emoción, a varios metros del ataúd.

–Tremenda acogida. Me los imagino brindando entre copitas de malvasía –dijo cubriéndose la boca con la mano.

–Ojalá –concluí, como con un amén. A fin de cuentas a eso se avenía nuestra particular despedida: a la ensoñación del mejor recibimiento allá donde correspondiese.

De cualquier modo, en cuanto recibe su puñado de cal, el recuerdo del ser querido pasa al segundo plano de la historia, sea cual sea y de quien sea –así de terrible resulta, y así de simple–, a pesar de turbarnos con el débil eco de un adiós: “Ten mucho cuidado… Ten cuidado… Cuidado…”, parece que nos advierte con la boca torcida por el rigor mortis, atroz como una careta de carnaval. Ese mensaje, real a más no poder, no debiera sonar a broma. Menos mal que se va apagando solo, tras vagar entre los cuchitriles de nuestra consciencia. ¿O de nuestra inconsciencia?

Al darse la vuelta para no ver cómo sellaban el nicho, tío Quico se entretuvo deletreando nombres propios de viejas lápidas en la pared que se alzaba a nuestras espaldas. A él, un vitalista reacio a prodigarse en sepelios, le producía repelús la cuadrícula de aquel escenario enjalbegado a la intemperie, frío como una pila de archivadores entre flores que caducan enseguida. De pronto, sin poder ocultar su sorpresa, susurró:

–Pero…, mira por dónde…

Me giré hacia lo que sus ojos observaban con tanta atención, ajena por unos minutos a la parte más acongojante del entierro. Era una lápida de mármol lechoso, sin vetas, desde el cual brillaba un sinfín de partículas como de vidrio. La inscripción, rebajada a cincel y repasada con pintura negra, rezaba:

El Señor Don Sabas Jorge Vix. 22 enero 1935. A los 48 años de edad. Recuerdo de su hermano Pedro y sobrinos del Circo Toti.

–Míster Sabas… –murmuró tío Quico, tal que en un saludo, al percatarse de mi gesto de interrogación.

Atrás, el carraspeo del sepulturero y los chasquidos de su cuchara de albañil sobre el cemento húmedo daban un último aviso para la partida de Damián, como sentenciando con gravedad: “Se acabó lo que se daba”.

Después de amontonar las coronas de flores y antes de desfilar torpemente hacia la salida, los deudos todavía iban a recibir más abrazos de ánimo, entre otros los nuestros. Mientras se desarrollaba aquel remate protocolario, en un aparte tío Quico atinó a explicarme con el menor número posible de palabras quién era el tal Mr. Sabas, domador de circo que murió de tristeza después de que unos cuantos guardias civiles acribillaran a su león, llamado Bubú, que se había escapado de la jaula y había paseado tan pimpante por las calles.

–¿En qué calles? –le pregunté, estupefacto, casi sin voz. –¿En cuáles iba a ser? –Pero qué me dices. ¿En Santa Cruz de La Palma? –En Santa Cruz de La Palma.

Y entonces, sin ser invocado, me rozó uno de esos tenues destellos de remembranza que conforme se acercan van alcanzando la consistencia del relámpago. Entreabrí la boca y entrecerré los párpados para centrarme en un recuerdo de la infancia, hasta ahora perdido o aletargado, caramba, un recuerdo cada vez menos difuso, una estampa que como por ensalmo superaba las veladuras del tiempo, la imagen en blanco y negro de varios hombres de uniforme posando junto a un león escarranchado con la lengua fuera, una fotografía colgada en la pared de un bar, sí, en concreto el quiosco de la plaza de San Pedro, en el cercano municipio de Breña Alta, y yo de pie mirándola desde abajo en silencio, con embeleso, como debiera mirarla un niño aficionado a los tebeos del Capitán Trueno. Era una mañana de domingo, mi padre me llevaba de la mano y por supuesto le hice varias preguntas acerca del león inerte que señoreaba en la foto. Mientras revisaba a conciencia cada uno de los detalles que saltaban a la vista, mi padre pareció sentirse a gusto resumiendo para mí la escena, sin duda el final de algo parecido a un safari, e incluso la adornó lo mejor que pudo, como si se tratara del meollo de una fábula, más seductora cuanto más lejana en el tiempo.

Imposible olvidar para siempre algo así.

Rápidamente le conté a tío Quico lo del quiosco de San Pedro para que me confirmara que el león de aquella foto era el de este Mr. Sabas de la lápida.

–Gran argumento para una novela –dijo, asintiendo, y añadió con las ventanitas de la nariz dilatadas–: una novela que está aún por escribirse.

–Puede ser –repliqué con tibieza. Él, seguro de haber encendido la llamita de la inspiración en un hombre de letras con ínfulas de investigador, sabía que ahora me estaba haciendo el longui, huyendo del reto con la misma ligereza con que me lo había lanzado. Así nos las gastamos en La Palma: entre la inocencia y la cuquería, tan pronto envidamos mirando de soslayo como hacemos oídos sordos al envite ajeno, aunque en ambos casos se note el disimulo, aceptado por lo común como una táctica de aguante en las pugnas dialécticas.

Antes de salir acompañando a los hermanos de Damián López, tío Quico puntualizó que aquella aciaga tarde de enero del 35, Mr. Sabas, dueño del circo del que se había escapado el león, pidió a gritos que nadie abriera fuego porque estaba convencido de que la fiera, de tan dócil, de tan cauta, con un simple llamado iba a volver a la jaula, y sin embargo la Guardia Civil disparó a las primeras de cambio, y sin miramientos, faltaría más. ¿Cómo no iban a hacerlo si alrededor todo el mundo temblequeaba a la espera de una intervención intrépida? Con franqueza, ¿qué otra situación puede despertar más alarma que el garbeo de un león suelto, carajo, un león de verdad, con melena y hambre? ¿Y por qué no aceptar el percance como recompensa del destino para los guardias, hartos de tantísimas rondas soporíferas en un lugar donde nunca pasaba nada que mereciera registrarse en el parte de incidencias?

–Pregúntale a tu madre –me ordenó tío Quico, dando por hecho que empezaría a indagar por mi cuenta en busca de algún provecho literario. –¿Qué le pregunto? –Ah, yo qué sé. Tú verás. Lo que se te ocurra. Yo era muy crío cuando eso; ella, en cambio, seguro que se acuerda de todo.

Y así, fuera del cementerio, como si rodase hacia abajo por la pronunciada cuesta de salida, la madeja de esta historia rompió a dar vueltas y más vueltas soltando hilo y más hilo del que casi ni hacía falta tirar.

Primeras páginas del libro Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Toti (2019)