Fragmento
Relación de seres imprescindibles
Relación de seres imprescindibles — I
EL OSO
Quede bien claro que primero fue el oso de peluche y que luego vino el oso grande y desgarbado, cuanto más velludo más hermoso. Ese es el orden evolutivo. Al menos así lo atestiguan los más viejos del lugar. Por lo visto, cuando las niñas buenas conocieron la perfidia mirando por el ojo de una cerradura, los ositos de peluche empezaron a crecer de manera preocupante y a despreciar las buenas costumbres: ya no se cortaban las uñas ni se lavaban los dientes, ni dormían sobre la almohada ni daban las buenas noches… Así se fue conformando una casta silvestre que, como era de esperar, acabaría emancipándose en busca de otra clase de vida lejos del mundanal ruïdo, entre grutas y arroyos. No cuesta, por tanto, explicarse por qué los osos salvajes aciertan a mover su enorme esqueleto sobre dos patas a pesar de aferrarse a la tierra con la consistencia del olmo centenario: siguen rellenos de ingrávida y grosera estopa.