Fragmento
Relación de seres imprescindibles
Relación de seres imprescindibles — II
LA LUNA
Fue un anacoreta luso, iluminado o no frente al firmamento, quien por primera vez entonó en varias ocasiones, junto a la desembocadura del Duero dulce, la letanía de los lunarios (algunos lo llaman, quizá no muy impropiamente, «de los lunáticos»). En clave de antífona ese antiguo y sabio rezado viene a recordar de qué modo la luna se derrite toda, toda merengada cada vez que le distingues desde tan lejos los pezones erectos y los lunares grandes, de dálmata en reposo. Si no la miras con codicia (añade) se ofende y acaba por llorar de puro fastidio, precisamente ella que es el ojo bizco del zodiaco, una sola pupila devolviéndote la mirada entre las bestias celestiales que Tolomeo de Alejandría trazara con tiza en la noche de los tiempos. Tienes que decirle ah, luna, preciosa, qué no daría por rozarte las carnes. Tienes que tirarle besos volados. Tienes que serle fiel en la salud y en la enfermedad. Si no, el mundo puede acabarse de un momento a otro. Está escrito en los libros sagrados. Y así queda advertido en el cuaderno de Copérnico. Amén.
Por miedo a que lo considerasen heresiarca, a principios del quinientos un sacerdote de Mantua cantó la palinodia desde su balcón después de que algunos feligreses lo sorprendieran días atrás repitiendo a solas la letanía de los lunarios desde lo alto de una montaña próxima. Por suerte tal escándalo atrajo la atención de los más insignes astrónomos de la época hacia aquel rezo. Y lo cierto es que desde entonces nadie ha podido negarle la autoridad científica ni la osada galanura literaria.