Fragmento

Relación de seres imprescindibles

Relación de seres imprescindibles — IV

Dibujo de Anelio Rodríguez Candelaria
Dibujo de Anelio Rodríguez Candelaria

LOS MARCIANOS

Más allá del pico Teide, por detrás del primer avión matutino, se levanta el país de los marcianos (no la Luna, no, sino el auténtico país de los marcianos), esos diminutos duendes de piel gelatinosa que a veces sobrevuelan el mapamundi con su nave de diseño futurista, dieciséis válvulas y llantas de aluminio (nada que ver con el vetusto taxi de la NASA). Los marcianos deben ser la mar de flemáticos, y la mar de escrupulosos: siempre se han comportado como vecinos discretos (hasta ahora, que se sepa, soportan impasibles nuestros ruidos nocturnos, tan molestos, y, por si fuera poco, jamás nos han denunciado, ni siquiera cuando sacamos la basura desde por la mañana).

Sí, vale. Pero nadie ignora que ansiosamente nos observan, impertinentes y morbosillos, desde cualquier atalaya. Con un catalejo. Y toman notas de naturalista, y entretejen estadísticas de sociólogo, y transcriben y resumen nuestras llamadas telefónicas mediante el lacónico morse de las ballenas. ¡Vaya una obsesión! ¿Qué puede interesarles a estas alturas, si con su poderosa infraestructura tecnológica ya lo han descubierto todo? ¿Qué otra cosa, entonces, querrán y podrán conocer entre las manías domésticas de los humanos si no el vértigo de nuestro miedo secular, el miedo a la idea de la nada, el miedo a la mentira propia y a la razón ajena, el miedo a la paradoja, el miedo al infinito, el miedo a la belleza, el miedo al miedo?